Ya han pasado unas semanas desde que volviera de la JMJ de Cracovia. Ha sido, sin duda uno de esos viajes únicos e irrepetibles. Ya había estado en la de Madrid, de la que hace ya 5 años, pero íbamos en familia y en otras condiciones, no se puede comparar. Esta ha sido más especial si cabe. Iba un poco a ciegas, sin saber qué esperar, sabiendo que era un viaje duro, un total de unos 6000 km. de bus ida y vuelta y un poco de turismo por Europa, poco más.

Como las grandes aventuras, empezó de manera insignificante, en una gasolinera, sin duda un anticipo de lo que venía, paradas en gasolineras de media Europa. Salimos en coche rumbo Sevilla, que no nos recibió mucho mejor, pero sí muy cálidamente (los 40ºC, ah, Sevilla) y desde allí por la Mancha hasta Madrid, donde creo que fue la peor noche en mucho tiempo, apenas dormí del calor infernal, pero bah, pelillos a la mar, se levanta uno a las 5 de la mañana (otro anticipo de lo que nos esperaría toda la peregrinación), coge los bártulos y echa a andar por la castellana hasta el Bernabéu, de donde saldríamos un rato después 3 buses.

Nos esperaba la patrona de la Hispanidad en su templo, en el día del Apóstol santo, patrón de España, donde se unieron los de Barcelona y rumbo a Lourdes, tardamos la misma vida en llegar y cuando llegamos al pueblo, el camping estaba en la otra punta, cuesta para arriba, cuesta para abajo, 40 maniobras imposibles de bus y llegamos. Nos dividieron por equipos para organizar tareas y montaje de tiendas (me nombraron jefe, ¡la que me había caído! luego resultó no ser para tanto y el equipo funcionó bien). Tras montar las tiendas y cenar algo, rumbo al santuario: la procesión de las luces. Algo digno de ver, miles de personas rezándole el rosario a Nuestra Señora por toda la avenida frente a la Basílica, con velas encendidas. Y luego, misa (en italiano, a pesar de que nos dijeron en español, pero se entendía sin problemas, para el caso fue igual) y a la cama. Algo así fue el resto de días: 400-700 km de bus (daba para todo: charla sobre algún santo, rosario y ángelus, alguna película, rato de siesta, guitarreo…). Al día siguiente rumbo a Ars, donde vimos el cuerpo incorrupto del santo cura, san Jean Marie Vianney, patrón de los sacerdotes y misa en su Basílica, le pedimos al mismo por el cura degollado por un yihadista ese mismo día en Normandía…

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Al día siguiente, a Lindau, Alemania, a orillas del lago Konstanza. Misma tónica, 5 am en pie, recoger tiendas, al bus, cruzar 45 fronteras, llegar reventaos, misa en un santuario que parecía una nave industrial (Mª de las Nieves me perdone, o como se llamara la Virgen de allí en su nombre alemán) y aquella noche, sin que sirviera de precedente: ¡camas!

Luego fue Praga, ciudad tomada por españoles aquel día, se ve que muchos otros grupos habían escogido igual que nosotros. Tuvimos libertad. Tras la misa, pudimos pasear (preciosa ciudad), estirar las piernas, olvidar el bus: un gustazo. También hubo tiempo para echarse una birra checa y que los cuasi médicos del bus le salvaran la vida a un escapao del psiquiátrico y hasta el mismo de vodka. Algo más complicado fue hacérselo ver a la policía, que sólo hablaba checo… cosas de la vida. Por la noche, fiestecilla tras una ducha de agua fría en el huerto del colegio, sí, con una manguera. Un poco de música, bailoteo y pa el sobre. Cracovia nos recibiría con su clima polaco… chaparrón. Luego solano para el viacrucis (¡habíamos llegado, estábamos escuchando al papa Francisco!). Dormir fue algo más complicado: éramos 170 y no se acogía en ningún sitio a más de 150 a la vez, el segundo subgrupo estaba alojado a hora y pico de Cracovia en transporte público, una locura. Cogimos las tiendas de campaña y acampamos en formación tortuga, para evitar que nos robaran bártulos y macutos; en donde el viacrucis, a unos cinco minutos escasos del cole donde se alojaba el resto de los nuestros.

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A las 4:30 am, de día. A las 5 am un sol insoportable (sí, estábamos en Polonia y pegaba un sol de agosto como si fueran las 3 de la tarde en Málaga). Cogimos los trastos, rumbo al cole y duchita para empezar bien la peregrinación, nos esperaban 13 km (mentira gorda, eran 20-22, sabe Dios quién haría los cálculos) bajo sol abrasador, la mayoría nos quemamos y la ración de comida que repartía el Ejército polaco a los peregrinos no ayudaba mucho… llegamos al campus misericordiae, pudimos ver al papa, que entraba y salía por un lateral de nuestro sector.

Llegó la vigilia, todos encendimos la vela… el mirar al horizonte y verlo todo iluminado por velas, tantos jóvenes compartiendo la misma fe, la misma búsqueda de la Verdad… no deja indiferente a nadie.

El Papa nos animó a ser valientes, a defender la Verdad y llevarla por el mundo, a no ser jóvenes de sofá, a servir para vivir, en definitiva. A iluminar el mundo como lo habíamos hecho con las velas en el Campus Misericordiae.

Aguantamos estoicamente la noche, con una lata de comida de gato o sabe Dios qué cosa con tomate, alumbrándonos con las mismas velas de la vigilia. Luego nos paseamos, reencontrándonos con viejos amigos (alguna ya con hábito, incluso) y nos fuimos a dormir, cubiertos con los ponchos, que caía una humedad curiosa.

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Nos despertó una música horrenda a las 6. Desayunar un poco, dejar el equipaje hecho y al pasillo a ver la misa por la pantalla (¡no había pantallas en todo el sector C y estábamos tras el escenario!). Un sol infernal. Misa de campaña con gorra y la bandera nos sirvió de parasol. Fotos de rigor y fuera. No he gastado más botellas de agua y agua con gas en la vida, todo el ejército repartiéndolas, aún así pasaban ambulancias para las lipotimias…

Paramos a comer para esperar los buses, que con tanto peregrino pillaron el atasco del siglo. Y empezó a diluviar. Un polaco nos ofreció refugiarnos de la lluvia hasta a 10 personas en su casa, pero habiendo 160 más igual que nosotros, estaba feo. Otro polaco trajo café. Espontáneamente, desde la paz de sus casas en el pueblito. Luego, siesta bajo el sol, otra vez abrasador, y otro chaparrón, nos refugiamos en la iglesia, donde hicimos poco después un rato de oración, hasta que, ¡al fin! llegaron los buses, varias horas después de haber dejado el Campus Misericordiae.

Catalina y la providensia nos amenizaron el viaje de vuelta. El bus estalló en aplausos tras saber que dormíamos bajo techo aquella noche… Ducha, cena por Cracovia (la mejor hamburguesa y más grande y barata de mi vida) y cerves bajo otro chaparrón en la plaza mayor. Dormimos bajo techo al fin y rumbo a Viena.

Paseo por la imperial ciudad, visita a la Catedral y a la residencia. Cena, misa, ducha helada al aire libre, Adoración hasta las tantas. Dormir malamente 2-3 horas y en pie para el bus a las 5 am.

Rumbo Venecia. Parecía bonito, llegaríamos pronto, pero ¡nah!, un atasco, un accidente y media hora parados, nuestro equipo médico y hasta una traductora de italiano de nuestro bus atendieron a un italiano borracho empotrao contra el quitamiedos (si bebes, no conduzcas). Total, pudimos ver Venecia en condiciones, aunque san Marco estaba cerrado, pero aún así, qué maravilla de ciudad. Y vaya helados… jejeje. Volvimos al campo de rugby en el que nos alojábamos esa noche, ducha, cena y esta vez, nada de dormir. Música, bailoteo, guitarreo y sevillanas y de cháchara hasta las cinco la mañana. Una buena noche.

Nos esperaban a algunos 25, a otros 30, a los últimos, 36-40 horas de bus. arrancó el viaje de vuelta. Estábamos todos reventados físicamente, con las ojeras por las rodillas, con los riñones doloridos y las piernas agarrotadas. Pero felices. Todos contentos. Porque habíamos ido en busca de la Verdad, y por Ella habíamos pasado penurias, sueño, hambre frío, calor abrasador. Pero había merecido la pena. Y las penas, compartidas son menos penas. Y ofrecidas a Dios, se vuelven alegrías. Volvíamos con el alma henchida de su Amor y varias decenas de nuevos amigos, cientos de experiencias y anécdotas por y para su mayor Gloria.

Por todo ello, gracias a todos los que lo han hecho posible. Y como decía san Juan Pablo II: ¡no tengáis miedo! Nos lo recordó Francisco: no seamos jóvenes de sofá. ¡Seamos valientes! Llevemos su Luz a los confines de la Tierra.

¡Viva Cristo Rey!

Manolo López Granero